Después
de lo que le había pasado aquella noche, Roberto supo que todo ese tiempo se
había equivocado.
Y
es que su presunción no conocía límites. No sólo se jactaba de su inteligencia
y sus habilidades, sino también de su físico. Ir al gimnasio era su pasión, y
si no lo publicaba en las redes sociales, sus ansias de más se incrementaban,
se desbordaba.
Puede
que tuviese el cuerpo más envidiable y aún más que usara ese atractivo visual,
junto con su inteligencia, para conquistar mujeres (y uno que otro hombre),
pero Roberto carecía de algo: humildad. Podía demostrar todo, excepto un poco
de respeto hacia quienes no fueran iguales que él. Humillaba a los que se le
acercaban para pedirle consejos, o incluso a la gente que no tuviera las mismas
percepciones de la vida que él. Los pocos que lo trataban se daban cuenta de
que algo no iba bien, pero no le hacían caso. Lo admiraban por cualquier otra
cosa, cualquier tontería, y seguían sus pasos como perros amaestrados.
La
noche en que todo cambió en la vida de Roberto, él se encontraba haciendo
ejercicio en el gimnasio. Podía pasar horas ahí, y más los fines de semana, ya
que prefería no salir a divertirse a costa de mejorar su aspecto. Sus enormes
músculos le daban un aspecto glorioso a su cuerpo cuando se movía en cualquier
aparato en el que estuviera. Ya fuera corriendo, levantando pesas, haciendo
pierna, presionando… Era su elemento, su lugar, su vida.
Escuchaba
un poco de música, de esa que muchos consideraban fresa. Algo de rock indie, folk, música clásica. Cualquier cosa que
dejara de ser igual que lo que los demás escucharan. Sin embargo, a pesar de
haber cerrado sus oídos a cualquier perturbación, podía ver lo que pasaba. Y no
es que pasara nada interesante, porque el gimnasio estaba casi vacío, y los
únicos dos instructores de la noche ni siquiera estaban por ahí. La gente se
iba retirando poco a poco, primero a las duchas, luego a sus casas. Y por las
enormes ventanas, Roberto miraba hacía la calle, mientras la gente pasaba sin
ponerle demasiada atención. ¡Estoy aquí,
contémplenme!, decía su mente, pero ninguno le hacía caso. Ni siquiera el
muchacho gordo que pasó por ahí, sonriendo de algo que una amiga le contaba al
caminar. Era como si todo ese esfuerzo realizado en su cuerpo no sirviese para
nada, ni para aquellas personas tan idiotas que no lo veían.
Al
final solo quedaban dos personas, además de él: un muchacho bajito pero con
músculos prominentes, y otro más delgado, pálido, que estaba decidiendo sin
mucha suerte lo que haría a continuación. Aún quedaba otra hora antes de que el
local cerrara, por lo que Roberto decidió hacer un poco de ejercicios para
tonificar la espalda, en una máquina que, sentado, empujaba con ambos brazos
hacía el centro de su pecho.
Desde
ahí podía ver todo lo que los otros dos hacían. El chico bajito hacía pesas,
acostado en una especie de banca alargada y acolchada, levantando sobre su
cuerpo al menos unos cincuenta kilos. El otro, el pálido, seguía de pie,
observando los aparatos, hasta que fijó su mirada en el otro muchacho, mientras
levantaba con precaución las pesas.
Eso
llamó la atención de Roberto. Casi siempre había gente que, además de ir a los
gimnasios a hacer ejercicio, iba a ligar. No siempre terminaba en toqueteo,
pero con tan solo palabras se podía convencer a casi cualquiera. Él mismo lo
había hecho, y al parecer, estaba pasando una vez más. Pero no era normal: que
el muchacho pálido mirara al otro fijamente era más raro. Parecía como si lo
estuviese cazando, vigilando sus
movimientos.
Fue
cuando ocurrió todo. El muchacho pálido, acercándose al otro, se puso detrás de
él, poniendo su cuerpo justo por detrás de su cabeza. Al menos, pensó Roberto,
le ayudaría a levantar más peso y después le haría la plática. Pero no: el pálido
puso ambas manos sobre la barra de metal de las pesas, y empezó a presionar,
haciendo que el metal chocara contra el pecho abultado del otro muchacho, quién
pataleaba para querer liberarse. Roberto dejó de inmediato el aparato,
levantándose, y aunque casi se hace daño por querer salir así de rápido, se
quitó los audífonos y los colgó sobre su cuello. Se acercó a los dos muchachos,
y decidió enfrentar al pálido.
-¿Qué
te pasa? Eres un animal, déjalo…-, dijo. Las palabras salieron lo más natural
posible. De haber sido otra ocasión, hubiese dejado todo. Pero no había
instructores disponibles, y sólo estaba él, defendiendo a un cualquiera de una
posible agresión.
El
muchacho pálido levantó la mirada, le sonrió, y siguió apretando. El rostro de
aquel chico era horrible: los pómulos marcados, los ojos hundidos y los labios
resecos. Tenía el cabello algo largo, muy lacio y delgado. Parecía un cadáver.
Roberto
estiró los enormes brazos por encima del muchacho bajito, y con todas sus
fuerzas, empujó a aquel chico pálido, e hizo que chocara contra una de las
ventanas. Ya no le importaba nada: se acercó a zancadas hasta aquella ventana,
y sin darle oportunidad de quitarse, Roberto agarró al muchacho pálido del
cuello de la playera y lo acorraló contra el vidrio. Luego, sin darse cuenta,
lo empezó a estrangular. Sentía la fuerza de sus brazos recorrer sus
extremidades hasta los dedos, como un fuego que quema pero no hace daño. De
repente se sintió como aquellas veces cuando alardeaba de su cuerpo, de saber
más que los demás, así de bien. Era Dios…
A
Roberto lo encontraron unos cinco minutos después los entrenadores, y tuvieron
que hacer lo imposible por quitarlo de ahí, hacer que despegara los dedos y
dejara de apretar. Porque, aunque él lo jurara, jamás habían visto a un cliente
tan feo y pálido como el que él juraba estaba ahorcando. Y tampoco pudo dar
razones por las que ahogara a ese pobre muchacho con las pesas contra su pecho,
hasta matarlo. No sabía por qué, más en su interior, al recordar eso, se sentía
mejor, superior a cualquier otro.
Era Dios, y estaba
metido en problemas…
2 comentarios:
No entendí el final...
Él lo había matado. El muchacho pálido era parte de su mente nada más.
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