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lunes, 8 de abril de 2013

El Último Sacrificio Parte II: Perla Blanca. Charro Negro.




Presentación estelar
“FLOR Y CANTO: EL SIMBOLISMO AZTECA”
Impartida por la Mtra. Vianney Gil Marcial
Experta en simbolismo religioso azteca y prehispánico en México
10 p.m., Sala de Exposiciones “Diego Rivera”
Primer piso, lado poniente
Museo del Palacio de Bellas Artes
Av. Juárez, Esq. Eje Central, Centro Histórico, D.F.

Luis leyó la invitación de nuevo, antes de arrancar el auto. Las casas desaparecieron poco a poco, conforme el auto amarillo avanzaba a través de calles y avenidas de la ciudad. El Palacio de Bellas Artes no quedaba muy lejos, pero los automóviles y los semáforos hacían un poco más lento el tráfico.
Mientras esperaba detrás de la línea peatonal, Luis miraba hacia delante, esperando que el reflejo rojo de la luz del semáforo cambiara a verde esmeralda. Recordó ciertas cosas que habían pasado hace años, recuerdos de una vida que había marcado la existencia de aquel muchacho para siempre…

Luis había crecido en una familia de costumbres, de vidas rectas y monótonas. Él siempre quiso buscar las cosas más allá de lo que sus ojos y sus enseñanzas le dictaban, y se quiso dedicar a cualquier cosa, antes de decidirse por la filosofía, una carrera a la cual amó poco a poco, a pesar de las dificultades.
Su mundo de colores se desvanecía con los problemas, en una familia que no aparentaba tener respeto por las diferencias notables. Luis buscó el refugio que necesitaba en su mente, en sus proyectos y en sus diversos trabajos, investigando muchas veces cosas que eran, en ciertos puntos, estúpidas.
Encontró pronto ese consuelo de alejarse de la realidad, cuando cayó en manos de una persona a la cual jamás había buscado, y que llegó a su vida de una manera muy inesperada y especial. La muchacha estudiaba la carrera de Historia, y estaba a punto de concluir su tesis. Luis también estaba enfrascado en su proyecto final, buscando información acerca de la filosofía azteca, una rama extraña en el conocimiento humano.
Coincidieron un día en la biblioteca. Ella estaba buscando ciertas citas en algunos libros del pasillo de la cultura Azteca, en la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria, un enorme edificio sin ventanas, adornado por fuera con un hermoso mural gigantesco, hecho de azulejos de colores distintos, representando, por un lado, la historia prehispánica, y por el otro, las maravillas de la ciencia.
Cuando ella se agachó para buscar en las filas de debajo de aquel pasillo, unos pasos la hicieron alterarse, por el susto que le imprimieron. Miró un poco a su lado, para comprobar que alguien, vestido de botas verdes despintadas, caminaba hacía ella. Fue cuando ella cayó sentada en el suelo, con unos cinco libros desperdigados encima de ella.
Luis se acercó más, pero no en afán de causarle molestia, sino de tenderle una mano a la muchacha, apenada sobre el suelo, con las mejillas sonrojadas.
-¿Estás bien? Creo que te golpeaste fuerte…
-No te preocupes. Pensé que tú me ibas a…-, dijo ella, mientras se levantaba con gran esfuerzo de recuperar todos los libros del suelo.
-Lamento si te asusté. Es que me acerqué a esta sección para buscar un libro. Necesito alguno que hable de “flor y canto”…
Ella lo miró. En ese tiempo, aquella muchacha tenía el cabello pelirrojo, un poco descolorido, pero radiante ante la luz de las lámparas de la estancia.
-Bueno… Yo tengo algo que puede servirte. Mi tesis está un poco encaminada a ello. Podría ayudarte un poco…
Y desde ahí, y en la siguiente hora después de la caída de ella, Luis se quedó impresionado. La inteligencia, la perspicacia de aquella chica era todo lo necesario en una vida que buscaba diferencias, en una vida que era diferente a la de las demás. Y ella le devolvía las sonrisas, cuando él encontraba una frase o una cita que lo ayudara con su trabajo.
Y prometieron apoyarse mutuamente, para que ambos pudieran titularse. Cada dos o tres días se veían, en la misma mesa de biblioteca, reuniendo datos en la computadora de ella, mientras él le indicaba cuales eran los pasajes o las bibliografías a consultar. Y fue cuando supo su nombre…

-Vianney, querida, ¿está todo bien?-, dijo el editor, un hombre de estatura baja, entrando a la oficina anexa de la Sala Diego Rivera, dónde Vianney se estaba preparando para la conferencia de su proyecto. Se miró en un espejo que estaba empotrado en la pared, y su semblante cambió. Había pasado las últimas horas envuelta en un aura de felicidad e incluso de risitas de nerviosismo, pero ahora estaba completamente seria, con unos ojos de preocupación, cómo los de un extraño presentimiento.
No va a llegar…
-¿Sucede algo?-, dijo el editor, acomodándose los lentes en el tabique de la nariz.
-No es nada, Eduardo. Es un miedo que no me he quitado desde hace algunos años. Siéntate…
El editor se sentó, mirándola con las gafas acomodadas. No se veía tan bien, pero estaba dispuesto a escucharla un momento antes de que empezara la presentación.
-¿Qué es lo que te preocupa? No lo entiendo, estabas bien…
No va a llegar…
-Invité a Luis Zaldivar a la presentación…
Eduardo la miró con sorpresivo rostro y la tomó de la mano.
-¿Luis Zaldivar? El investigador de la televisión, vaya… Pensé que ya no se hablaban desde… Bueno, ya sabes…
-No fue su culpa, y créeme, lo estuve investigando durante algún tiempo, más bien indagando las posibilidades, y ahora sé que era verdad lo que me decía. Por eso lo decidí…
-Pero él te abandonó cuando ambos estaban haciendo su tesis. Me contaste que un día él tenía que verte y no llegó. Luego te inventó una historia acerca de un asesinato en el museo, y pensaste que era una tontería. ¿Por qué la decisión tan abrupta entonces…?
No va a llegar…
-No lo sé. El asunto es que nos hemos estado viendo, y pues al parecer ahora veo lo que le ha pasado en tantos años. Creo que fui muy dura con él, no lo sé…
Vianney recordaba el momento cuando Luis le había pedido perdón por no haberse presentado aquel día con ella. Estaba magullado, con moretones en la cara, en las manos, pero completo, y completamente arrepentido. Ella estaba llena de rabia, y sus ojos ese día reflejaban la furia de una mujer que no esperaba demasiado, pero que ni lo sencillo le habían podido cumplir. Él se alejó, con el miedo de haberla perdido para siempre, y no la había vuelto a contactar, hasta el día que ella terminó su tesis, y se la mostró.
-Al menos me alegra que hayan resuelto sus diferencias, Vianney. Necesito que te prepares, porque ya están casi todos los invitados allá afuera, y no queremos hacerlos esperar más… Vamos, ¡anímate preciosa! Es tu noche…
Él se levantó y le dedicó una sonrisa cálida. Ella se la respondió, pero no dijo nada más. Se miró de nuevo en el espejo, recordando las palabras del pasado, aquellas que le seguían doliendo…
¡No me interesa lo que hayas estado haciendo, debiste estar aquí…!
Eso no es excusa para mí. Lo siento demasiado, y ¿sabes qué? No quiero volverte a ver, eres un mentiroso, un cerdo hipócrita, y un falso…

No va a llegar…

-¡Carajo…!
Luis se detuvo justo antes de estamparse con el auto que llevaba enfrente. Faltaban al menos 500 metros para llegar al Palacio de Bellas Artes, e incluso algunos árboles de la Alameda Central ya se dibujaban en la penumbra de la noche. La avenida estaba llena de autos, un tráfico casi imposible a esa hora de la noche. Más allá, cerca de la placeta que engalanaba al palacio, con sus enormes estatuas de caballos alados montados por seres hermosos, había unas camionetas amarillas, atravesadas en la avenida. Tal vez estaban haciendo obras en las alcantarillas.
El claxon de muchos autos empezó a sonar, gracias a aquellos conductores que desesperaban por no poder seguir avanzando. Luis pudo haber dejado en medio de la calle su auto, y llegar corriendo al Palacio, esperando que nada malo le pasara.
-Y todo por no tomar el transporte público, soy un idiota…
Luis se puso la mano sobre la sien, mirando el tablero del auto, y luego el espejo retrovisor. No había nada en sus ojos, a excepción del cansancio y ese color avellana. Miró el reloj de su celular, el cual ya marcaba las 22:05. Estaba perdido…
El sonido de los conductores impacientes fue reemplazado por un estallido, tal vez producto de los trabajos en las obras públicas. El auto cimbró un poco, y Luis sólo sintió cosquilleo en el estómago. Sus manos le empezaron a sudar, y cuando otro estallido se presentó, volvió a asomarse por el espejo retrovisor.
Uno de los autos que estaban por detrás, como a diez metros del suyo, salió disparado hacía un lado, y cayó encima de otro. La gente de los otros automóviles empezó a salir despavorida, corriendo en todas direcciones. Luis miró con asombro toda aquella destrucción, de fuego y vidrios rotos. Alguna alcantarilla había explotado, y ahora todos querían salir de ahí…
Otra explosión, más fuerte que la anterior, se escuchó de nuevo justo detrás del auto amarillo, haciendo voltear el segundo auto detrás de Luis. Actuando, llevado por el miedo, Luis abrió la puerta, pegándole en el costado a un auto que ya estaba abandonado. Cuando intentó salir, el cinturón de seguridad no lo dejó.
-¡Maldito seas!-, gritó Luis, empezando a manipular el seguro para liberarse. Sus manos empezaron a temblar, como siempre, y no pudo más que jalar el seguro, pero sin que este cediera.
Otra explosión alcanzó por fin la parte trasera del auto amarillo, haciéndolo caer hacía delante, levantando la parte trasera en un ángulo demasiado pronunciado antes del golpe. Luis quedó de cabeza, balanceándose por el movimiento del auto sobre el espacio entre dos autos, los cuales rechinaron con el impacto de metal. Luis sintió la sangre de su cuerpo agolparse en su rostro y en su cabeza. Luego vio el fuego que ya invadía los asientos traseros del auto.
Cuando logró zafar el seguro del cinturón, salió por la puerta, que había terminado abierta y doblada por el impacto, y saltó a la calle, para ponerse a resguardo del fuego. Otras explosiones se hicieron sentir hacía lo que quedaba de la avenida, en dirección al Palacio. La gente salía corriendo de sus autos para ponerse a salvo, y una toma de agua había reventado, sacando el líquido a chorros, con enormes cargas de tierra.
Luis terminó mojado y lodoso, con dolor en las costillas y en la cabeza, pero pudo echar a correr entre los autos, dejando atrás el suyo, envuelto en llamas. Del suelo salía fuego en dónde se habían dado las explosiones, y los agujeros donde antes había alcantarillas ahora parecían enormes cuevas del infierno.
Mientras avanzaba por el costado de la hermosa Alameda, con sus árboles y sus caminos de adoquín, esquivando a la gente asustada, mientras toda la calle seguía siendo invadida por las explosiones subterráneas. El palacio quedaba a pocos metros de ahí, y Luis trataba de llegar a como dé lugar. Estando ya a punto de cruzar hacía la placeta del Palacio, Luis miró la entrada del Palacio. Lo que pensó que era una estatua de un caballo y su jinete, empezó a moverse, pero a nivel del suelo. La cúpula de aquel magnífico edificio de mármol brillaba como nunca, con su clásico resplandor color ámbar y naranja.
-¡No, ella no!-, gritó Luis, corriendo, sin importarle si empujaba gente o si las pisaba.
Pero era demasiado tarde. Aquel caballo y el jinete misterioso habían entrado al Palacio.

Vianney llevaba la presentación de manera normal, frente a los invitados más ilustres de las letras y las artes de la Capital. Rostros serios, otros interesados, pero la mayoría felices por la demostración de inteligencia de la muchacha.
-El sentido de “flor y canto” para la mayoría de los aztecas era el sentido de alabanza hacía los dioses, un trabajo que estaba excluido a pocos miembros de la sociedad, los que podríamos considerar como precursores de una filosofía propia, un pensamiento arcaico de la mente y la razón, de la comprensión de un mundo que no podían entender. Es justo decir que los sacrificios humanos eran puertas de entendimiento para los sacerdotes, y en fechas recientes se ha investigado que el sacrificio no era el acto barbárico y satánico que describieron los españoles en aquellos tiempos, sino que constituía para el sacerdote una ventana para ver al mundo de la forma más cruda, más real. “Flor y canto” lo hacía menos traumatizante…
Vianney interrumpió su discurso, mirando hacia el fondo de la sala. Ahí, de pie, mirando una de las obras maestras exhibidas, y sin poner demasiada atención a lo que ella decía, se encontraba un hombre, alto, de espaldas anchas, barba y cabeza rapada. El desvió la mirada hacía la muchacha, y le sonrió, con la ceja levantada por la mueca de felicidad.
-Tú…-, susurró Vianney ante el micrófono, aunque todos la escucharon. Pronto empezaron los cuchicheos, y nadie quería perderse aquello.
La puerta de la sala retumbó dos veces, antes de abrirse violentamente. De entre la penumbra de los pasillos del Palacio, entró un enorme caballo negro, con enormes cascos, una hermosa crin peinada hacía un lado, y larga cola sedosa. Y encima del enorme animal, montado sobre una exquisita silla, estaba un hombre, un charro, vestido de negro, con pantalón con hermosos adornos de plata, la chaquetilla bordada de plata, y unas botas de espuelas. No se le veía el rostro, que estaba cubierto por una máscara de diablo, con los bigotes curvos y los ojos fijos ante una sonrisa perenne y siniestra. El enorme sombrero de charro dibujaba una sombra sobre aquel rostro siniestro.
Los cascos del caballo, encabritado, empezaron a destrozar todo a su paso, incluyendo las sillas y los huesos de algunos de los presentes en la sala. El misterioso charro sacó, de su cinturón, una pistola, y empezó a disparar. Algunos cayeron al suelo, víctima de las balas que el mismo espectro lanzaba a diestra y siniestra, y otros más alcanzaron a salir de la sala, entre gritos y alaridos. Vianney se lanzó al suelo, arrastrándose fuera del estrado, y tropezando con el cuerpo sin vida de su editor, aplastado por las coces feroces del caballo.
-Lamento que tenga que haber sido de esta manera, Vianney. ¿Dónde está Luis?-, dijo Viktor Kunnel, acercándose poco a poco a la muchacha, que seguía en el suelo.
-¿Cómo lo sabe?-, dijo ella, quitándose las zapatillas y arrojándoselas al terrorista. Cuando este las esquivó, Vianney salió corriendo de la sala, sin mirar hacia atrás. El charro cabalgó hasta su jefe, con aquella sonrisa diabólica en su máscara.
-Ve por ella…
El jinete asintió, y jaló las riendas del caballo para perseguir a la muchacha, mientras Viktor sacaba de su bolsillo el celular, para marcar el número deseado.
-Ya pueden comenzar…

Vianney corría todo lo que podía por el hermoso piso de mármol de diversos colores. Escuchaba detrás los enormes cascos del caballo persiguiéndola, pero no quiso mirar atrás. Bajó las escaleras como pudo, tratando de no resbalarse, y pensó que el caballo tendría miedo de hacer lo mismo. En el vestíbulo, mucha gente seguía aún lista para salir, presa del pánico de haber visto aquel espectro entrar de la placeta. Gente que salía del teatro, asustada por algo que pasaba en la calle…
Ella empezó a correr hacía las puertas del teatro, mientras el enorme caballo bajaba por las escaleras, con un enorme salto, y arremetía contra la gente, que gritaba y corría, algunas aplastadas por las enormes patas del animal.
La muchacha cerró las dobles puertas del teatro, cuando las patas delanteras del caballo negro empujaron para abrirlas, y ella fue lanzada al suelo, de espaldas. Recuperándose de la falta de aliento, Vianney trató de arrastrarse hacía las butacas, mirando el hermoso escenario, con aquel telón confeccionado en Estados Unidos, hecho de piezas de azulejo que formaban el hermoso paisaje del Valle de México. Los instrumentos de la sinfónica habían sido olvidados, desperdigados sobre el escenario.
Vianney sintió un ardor incomparable en la espalda, y pensó que había sido un disparo. Pensó en Luis, en lo que le había dicho hace años, y en todas las veces que jamás le volvió a dirigir la palabra…
No va a llegar…
Su cuerpo se quedó quieto, con los ojos abiertos, y balbuceando…

Luis entró con dificultad al Palacio, apartando a la gente asustada que salía de ahí, muchos vestidos elegantemente, para una ocasión interrumpida. Había cuerpos en el vestíbulo, gente muerta en todas partes. Luis sintió que las tripas se le salían por un agujero debajo de su cuerpo.
Una explosión sacudió el lugar, y fue como si hubiera sido en alguna parte dentro del recinto. Una parte de la cúpula del Palacio se quebró y cayó al suelo. Luis corrió hacia el único lugar que había visto con las puertas abiertas.
Luis empujó la puerta, y el resplandor del fuego sobre el escenario lo aturdió un momento, todo el recinto estaba en llamas, desmoronándose, y algunas butacas habían sido destruidas por la explosión. Y en medio de ellas, sobre un caballo negro, estaba el jinete diabólico, y su presa. Vianney parecía de trapo, con las manos y piernas colgando, sin moverse. Sus ojos lo miraban, y parpadeaba. Balbuceaba, pero no alcanzaba a escuchar nada, por el crepitar de las llamas.
Ya llegó…
-¡Suéltala! Maldita sea…
El jinete mantenía al caballo lejos del fuego, que avanzaba inevitablemente, y la máscara diabólica le regresó la respuesta a Luis: No. Con una mano, sostenía una bolsa, que al agitarla, sonaba algo metálico en su interior.
-Kommen Sie sterben mit mir, und ich will euch das ewige Leben!
Luis volteó de nuevo hacía la puerta abierta. Aunque llevaba la mitad del rostro lleno de lodo, no le impidió ver a Viktor Kunnel de pie, frente a él. El enorme hombre se abalanzó hacía él, y lo tomó del cuello de la camisa. Luis ni siquiera se resistió.
-¿Vienes a morir conmigo por ella? Viniste a esta hermosa perla blanca sin propósito y sin deseo. No te la daré…
-Déjala ir. ¿Qué le hiciste?
-La paralicé. Es una toxina ligera que hace que te pongas como piedra. Quiero que vea sin que haga nada por evitarlo…
Luis quiso soltarse, pero sus manos no le respondían. Tenía miedo, miedo ante esos ojos misteriosos y terribles.
-¿Quieres recuperarla?
Luis asintió, mientras sus pies trataban de moverse. Viktor hizo una señal, y el charro, junto con el caballo y Vianney, desaparecieron hacía la puerta del teatro.


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