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martes, 20 de diciembre de 2016

Las cosas que no se dicen (Las cosas que se dicen): PARTE 3

Arturo se preparó para ir a la gala, mientras la gente enviada por los Masones llevaba la comida terminada hasta el salón donde sería la cena. Su amigo le había deseado suerte y se había marchado, porque estaba ocupado con un concurso propio y necesitaba tiempo para pensar qué iba a hacer.
El chico pelirrojo se bañó, se vistió con su ropa más elegante, y se peinó recogiendo su largo cabello detrás de la nuca. Todo estaba perfecto, excepto algo…
Durante el camino hacía el salón, Arturo sentía algo extraño, una especie de presentimiento. No creía en cosas así, sin embargo, sentía una ansiedad terrible, como si algo faltara. Repasó mentalmente las cosas que había preparado para la cena, pero ninguna parecía tener falta o estar mal. Tal vez sólo eran los nervios por presentar su comida ante un selecto grupo de hombres bastante importantes. Tal vez eso era…
Sus manos frías siguieron así hasta que el taxi llegó hasta el lugar del evento, donde ya se escuchaba la música y la gente iba entrando, con su ropa de gala, saludándose y sonriendo. Hombres con lustrosos trajes, mandiles blancos en la cintura y guantes, y sus esposas, de hermosos vestidos de noche, de colores tan variados como el arcoíris.
El arcoíris, dijo para sí Arturo, como absorto en sus pensamientos. Daba igual, aún estaba bastante nervioso. Le pagó al taxista y se encaminó hasta la entrada del salón. Ahí, en la puerta, estaba su anfitrión, un hombre de edad media, con una enorme barriga y cabello canoso, exhibiendo una sonrisa apacible cuando todos sus invitados pasaban por la puerta. Pero al ver a Arturo acercarse, se emocionó más de la cuenta.
-¡Maravilloso muchacho, maravilloso! ¿Cómo te trata la vida?-, dijo el hombre, acercándose al muchacho y saludándolo con bastante fuerza.
-Bien, gracias, señor. ¿Llegó bien la comida?-, dijo Arturo, sonriendo discretamente.
-Claro que sí. La gente del salón ya está lista para servirla en cuanto los invitados se hayan instalado. Quiero que me acompañes…
Los dos entraron en el recinto, donde ya muchos de los invitados iban ocupando sus lugares en mesas redondas bastante amplias, con manteles inmaculados de color blanco y sillas adornadas con listones. El hombre iba presentando a Arturo con sus amigos más cercanos, presumiendo de sus dotes culinarias y bromeando un poco. Arturo sólo podía sonrojarse y seguir sonriendo.
Llegaron hasta la mesa principal, que estaba un poco más arriba que las demás, al fondo del salón, cubierta con un mantel de color negro y detalles en rojo. No había mucha gente ahí.
-Aún estamos esperando al Gran Maestre de la Logia, espero no tarde…
-¿No usted era el Gran Maestre?-, preguntó Arturo, algo confundido. Siempre había pensado que aquel hombre, de facciones amistosas y poco convencionales para un Masón era el manda más.
-No, claro que no… En realidad soy su segundo, su mano derecha por decirlo así. Me tocó la organización de este evento, y la verdad parece que todo ha salido a pedir de boca. ¡Ah, claro, un detalle!-, dijo el hombre, algo sorprendido. Arturo lo notó, pero no preguntó nada. –Lo siento, tendré que dejarte un momento por aquí. Instálate en tu mesa, la silla tiene tu nombre, tengo que ir a arreglar algunas cosas pendientes-.
El hombre sonrió, y caminó directamente hasta la cocina, dónde seguramente estarían guardando la comida que Arturo había preparado. Él se encaminó hasta las mesas de un rincón cercano a la mesa principal, y lo instalaron en su sitio, con otras personas que él no conocía.
Pasados unos minutos, Arturo notó que había jaleo en la entrada del salón. Alguien muy importante estaba entrando. Era el Gran Maestre, un hombre delgado, bastante alto, con rostro severo, enmarcado con un gran bigote. Llevaba el traje negro más impecable que el muchacho jamás hubiese visto, y unos guantes que casi llegaban al codo, con un mandil aún más adornado que el de sus cofrades de la Logia. Todos los miembros se acercaron, discretamente, para saludar a su Maestro, y este les devolvía el saludo con aquel rostro impasible y la mirada siempre fija en el rostro de quien le hablaba, dedicándoles a veces unas palabras que Arturo no alcanzaba a distinguir.
Distinguió a uno de los invitados acercarse al Gran Maestre y señalar la mesa donde Arturo se encontraba. El hombre alto caminó hasta la mesa y el muchacho no hizo más que levantarse y ofrecerle la mano en señal de respeto.
-¿Usted fue quién hizo la cena para esta noche? El hermano de la otra mesa me lo acaba de contar.
Arturo se sonrojó.
-Pues sí… La verdad no fue gran cosa. Usted juzgará cuando pruebe lo que he hecho…
Ambos soltaron una risa discreta.
-Me parece perfecto. Sabrá de nosotros en el futuro, señor…
-Llámeme Arturo.
Se despidieron de nuevo con un saludo cordial, mientras el Gran Maestre se dirigía a la mesa principal.
Otra vez el presentimiento raro, y esta vez porque el anfitrión de la fiesta no había aparecido después de ir a la cocina. Su superior ya estaba ahí, ya se estaba instalando, y en cualquier momento la cena empezaría. Se levantó de la mesa, esquivando a la gente que ya ocupaba de nuevo sus lugares.
Llegó hasta la puerta de la cocina, y empujó la puerta doble. Dentro había un jaleo, de meseros que estaban destinando todo para servir la cena en cualquier momento. Su anfitrión estaba al fondo del recinto, en una de las mesas de aluminio de espaldas a todos los demás. Estaba haciendo algo, pero no distinguía qué. Se acercó con cautela, y tocándole el hombro, aquel sujeto se asustó, soltando el frasco que tenía en las manos.
El pequeño frasquito de vidrio cayó al suelo sin romperse y sin vaciar su contenido. Arturo lo distinguió desde arriba por la etiqueta que tenía alrededor: veneno para ratas.

Tres pequeñas doncellas llevaron a John Wayne y Sinner’s Prayer dentro de la torre negra, caminando a través de un hermoso vestíbulo, donde ya se preparaban los adornos y el trono, un enorme recinto con dos asientos, donde ocuparían sus lugares una vez listos para la Gran Demostración.
Pasaron delante de varias puertas hasta llegar a una, de color blanco inmaculado, donde había un enorme cuarto de baño. Los desnudaron como pudieron y los hicieron meterse a una tina de agua tibia, con burbujas y aromas indescriptibles. John Wayne se veía aún mejor con su cabello mojado y limpio, y miraba de reojo a Sinner’s Prayer, quién se frotaba el cuerpo con una esponja. Su cabello volvía a ser negro, y los colores de aquella gorra se habían despintado.
Ambos se sentaron en el fondo de la tina, disfrutando un rato de las burbujas y del agua. Se daban besos suaves, y se acariciaban mutuamente el cabello.
-¿Estás nervioso?-, preguntó Sinner’s Prayer, mientras sus dedos acariciaban el pecho peludo y desnudo de su compañero. El otro muchacho levantó los hombros, sonriendo de forma descarada.
-No lo sé. Tal vez sí, pero ya no sé lo que siento. Contigo no me siento asustado ni triste, mucho menos nervioso. Sólo que… no tengo ningún poder que demostrar.
John Wayne dejó de sonreír cuando su compañero le sonrió. Pensó que se burlaba de él.
-No tienes que forzar nada. Tu poder saldrá solo. No tienes que ponerte nervioso tampoco. Estaré cerca en todo momento…
Ambos se besaron, justo antes que las doncellas entraran de nuevo para ayudarlos a prepararse, soltando pequeñas carcajadas entre ellas. John Wayne se sonrojó tanto que Sinner’s Prayer soltó una carcajada bastante sonora.
En el vestíbulo ya todo estaba listo para cuando empezó a anochecer: una suntuosa cena, hecha de los animales más grandes que el pueblo poseía, y adornos de colores que lucían hermosos sobre el fondo negro de aquel lugar. Había gente del pueblo apoyando en lo que podían, a pesar de su escaso tamaño, se las ingeniaban para mantener todo tan hermoso, porque sus dioses se lo merecían. El Rey también ayudaba, y su Vigilante personal solamente observaba, con aquellos ojos tétricos bien abiertos y sus ramas moviéndose entre la superficie lisa del brillante suelo.
Cuando acabaron, el lugar olía a comida recién hecha, a flores y a tierra húmeda, a hojas secas. Los pocos que se quedaron atendieron los últimos detalles, y los demás se reunieron con los habitantes de la ciudad para celebrar afuera, con una fiesta tan grande y divertida que se escuchaban cantos y alegres carcajadas.
Fue cuando la música de la orquesta real empezó a tocar una fanfarria, todos se pusieron atentos, y las enormes puertas de la torre negra se abrieron para que la gente contemplara. Desde la puerta al fondo del vestíbulo salió una corte real, con pequeños niños vestidos de flores, alegres, que iban al frente entonando una canción, repitiendo una y otra vez la misma frase con dulce voz:
-Vivi la vivon vi volas, ĝis Morto kaptos vin (Vive la vida que quieres, hasta que la Muerte te lleve).
Detrás de ellos salieron los dos ya vestidos: John Wayne llevaba un conjunto que combinaba con su cabello, algo entre amarillo y rojo, una túnica que arrastraba por detrás de su cuerpo. Su cabello estaba suelto, cayendo por detrás de los hombros, y en su cabeza relucía una hermosa corona de tréboles de cuatro hojas.
Sinner’s Prayer iba completamente distinto a cómo su compañero lo vio en el desierto. Pantalón negro y una camisa blanca, descalzo, con unos tirantes sosteniendo su pantalón por encima de sus hombros. Sobre su cabeza y detrás de su espalda llevaba una piel de un animal que John Wayne ya había identificado como un panda, con los ojos muertos mirando hacia arriba, cubriendo su cabello.
Mientras caminaban, ambos se miraron y sonrieron, aunque John Wayne fue el único en sonrojarse. Sinner’s Prayer soltó una carcajada discreta, mientras todos los habitantes de la ciudad aplaudían y gritaban, cantando con algarabía el coro de la Vida y la Muerte. Los dos muchachos se tomaron de la mano, caminando hacia el centro del vestíbulo, donde se levantaban los dos tronos, uno dándole la espalda al otro. Ninguno era más alto que el otro, y estaban tallados del mismo material que el suelo, aunque parecían que ambos habían salido directamente de abajo.
Los dos ocuparon sus lugares, sonriendo a todos los presentes alrededor del trono, mientras la canción seguía su monótono tono. El Rey se acercó a John Wayne y se inclinó, y lo mismo hizo con Sinner’s Prayer, sonriendo y mostrando su mejor vestuario, una túnica púrpura con una corona de oro bastante elaborada.
-Fratoj, hodiaŭ la Dioj honori nin per sia ĉeesto denove. Lia potenco estos kondukanta la ekvilibro ni bezonas. Antaŭe ĝuis la festeno, kiun ni preparis en lia honoro ho Granda Diaĵoj!, montri ilian potencon, kaj miru niajn okulojn per sia forto. (Hermanos, hoy los Dioses nos honran de nuevo con su presencia. Su poder nos traerá el equilibrio que tanto necesitamos. Antes de disfrutar del banquete que hemos preparado en su honor ¡oh, Grandes Deidades!, muestren su poder, y maravillen nuestros ojos con su fuerza.)
La voz del Rey transmitía felicidad y esperanza, y después de su corto discurso, todos guardaron silencio. Hasta la música calló. El único en levantarse fue Sinner’s Prayer, mientras detrás de él, sin ver, John Wayne mantenía su tranquilidad, esperando su turno, aunque no sabía bien lo que iba a hacer. Por su cabeza pasaba sólo una posibilidad, y era que tal vez la gente de la ciudad se cansara de esperar su demostración, o que al ver que no tenía ningún tipo de poder, lo echaran de ahí, o algo peor. Tal vez lo ejecutarían…
-Mi faros ĝin unue, ĉar la potenco de John Wayne ankoraŭ ne plene maldorma. Ĝi estas en via koro, sed bezonas impulson, salto de fido. Kontempli... (Lo haré primero yo, porque el poder de John Wayne aún no despierta del todo. Está en su corazón, pero necesita un impulso, un salto de fe. Contemplen…)
Concentrándose, Sinner’s Prayer levantó sus brazos despacio, mientras las cosas que estaban alrededor suyo y de la gente de la ciudad empezaban a levantarse, primero unos cuantos centímetros, luego hasta un metro, dando giros, subiendo y bajando, moviéndose a través del vestíbulo. John Wayne estaba sorprendido, boquiabierto, porque hasta algunos de los habitantes de la ciudad empezaron a flotar, alegres, soltando carcajadas de felicidad, cual niños.
-¿Pero qué haces?-, exclamó algo alarmado el pelirrojo. Pero su compañero no se detuvo. Era la demostración de su poder, algo tan impresionante que ni John Wayne hubiese detenido.
-Es la cumbre de nuestra naturaleza, es lo que somos, lo que tú llevas dentro. Ya lo encontrarás, podrás sentirlo de un momento a otro.
John Wayne se levantó de su asiento, y dándole la vuelta al trono, se encontró a su amigo, que le daba la espalda, mientras manipulaba el ambiente con el poder de su mente.
-¿Qué clase de poder tengo? Ni siquiera he sentido nada nunca, y no sé de dónde vengo.
Sinner’s Prayer ni siquiera se volteó.
-Te ayudaré a encontrar tu fuerza, ese punto de no retorno de tu mente donde podrás ser un Dios…
-¿Y cómo lo harás?
Esta vez, el otro muchacho volteó, dibujando en su rostro una expresión de tristeza.
-Perdóname, John Wayne…

Jacobo se estaba cambiando. Y el hombre que lo había violado también. Aunque el hombre jamás lo hubiese llamado “violar”, como es debido. Su enorme pene solamente hacía demasiado daño cuando uno no estaba preparado para recibirlo. Pero Jacobo, fiel a sus pensamientos, lo había llamado “violación”. Era necesario.
-¿Estás nervioso?-, dijo el hombre, cuando notó que las manos de Jacobo temblaban al abrocharse el pantalón. Era obvio que sí, pero el muchacho trató de disimular.
-Un poco. Va a ser una noche especial, eso es lo que creo…
El hombre se levantó de la cama y le puso ambas manos en los hombros. El muchacho se sintió nervioso, y su piel se estremeció.
-Tiene que ser así. Se ve que eres talentoso, pero tú tienes que creerlo. Yo tengo que irme, lamentablemente mi esposa me espera y no sabe ni siquiera dónde estoy.
Jacobo se armó de valor. Sintió el calor en la garganta, el ánimo de abrir la boca.
-Hablando de eso… Tu esposa confirmó su asistencia a la presentación. Es raro que tú no puedas ir…
El hombre se quedó congelado, mientras Jacobo se volteaba para hacerle frente.
-Tomé su número de tu celular un día sin que te dieras cuenta. Hice el esfuerzo de invitarla sin que te dijera nada, como una sorpresa.
-¿Por qué hiciste eso? Se supone que seríamos lo más discretos posible-, dijo el hombre, con una voz fría, mientras su piel palidecía. Estaba muerto de miedo.
Jacobo tragó saliva.
-Porque ustedes me dan asco. Piensan que pueden sobrepasarse con cualquiera, y que su secreto va a quedar enterrado para siempre. Alguien tiene que inspirarlos a que salgan de su mentira. Es justo que acepten lo que en realidad son…
El hombre estalló y Jacobo saltó de la impresión.
-¡Estás idiota, eso es lo que pasa! ¿Sabes lo que pasa si mi esposa me descubre? Tengo una reputación que proteger, un trabajo que mantener. ¡Me quedaría sin nada!
-¡Esa es la peor mentira que ha salido de sus malditas bocas todos estos años! ¿No pueden aceptar que les gustan los hombres? No perderían absolutamente nada, el mundo ya no es como antes…
El hombre levantó una mano, y con un rápido movimiento, le soltó una bofetada a Jacobo, quien cayó al suelo, golpeándose en las costillas con la esquina de la cama.
-Maldito maricón...
Jacobo empezó a reírse, mientras el otro se daba la vuelta para terminarse de cambiar y largarse de ahí.
-Tú también lo eres. Eres un maldito puto, y te gusta…
-No sabes lo que me gusta. ¿Qué ganarás invitando a mi esposa a tu presentación?
Jacobo se levantó, y de su chamarra sacó su teléfono celular. Le mostró fotos al hombre que él también conocía: fotos de traseros, de pechos desnudos, de penes.
-Invité a nuestros amigos más íntimos, con los que te gustaba hacer tríos, ¿ya no te acuerdas? Todos ellos van a ir a la presentación de un libro que no existe, donde todos ustedes van a quedar expuestos cómo lo que son.
El hombre compuso una cara de furia, mientras veía pasar una a una las fotos. Amigos íntimos, hombres de su misma edad, con vidas similares a la de él, con esposas, hijos, trabajos ejemplares, una vida correcta ante la sociedad que los veía como hombres de bien. Todos ellos invitados a un engaño.
-No te saldrás con la tuya, no lo harás…-, dijo el hombre, acercándose peligrosamente a Jacobo. Este retrocedió poco a poco.
-¿Y qué piensas hacer?
-Hacerte callar si es necesario.
Jacobo metió discretamente la mano en el otro bolsillo de la chamarra, dónde encontró lo que escondía, el instrumento final de su venganza.
-Te meterían a la cárcel, te harían pasar un tormento peor que el que más a hacer pasar a mí. Yo he querido morir muchas veces, y esto es lo de menos. Pero tú perderías todo. Tú esposa, tu trabajo, tu reputación. ¡Me das asco…!
El hombre se lanzó contra Jacobo, y cerró sus enormes manos contra su cuello, haciéndolo chocar contra la pared. El muchacho tenía miedo, y se estaba poniendo rojo.
-¡No voy a dejar que destruyas mi vida, estúpido mocoso de mierda…!
Jacobo sacó del bolsillo un desarmador, con punta de cruz, y con un movimiento desesperado, lo clavó en el cuello de su amante, quién no alcanzó a gritar. El dolor era insoportable, y la sangre empezaba a manar de la herida, salpicando el rostro de Jacobo, su ropa, y el suelo.
-¡Suéltame, cabrón! ¡Suéltame!
Con otro movimiento, Jacobo dejó salir el desarmador, y lo clavó en el pecho, una y otra vez. Las manos del hombre se soltaron de su cuello, y dejaron marcas en la piel del muchacho, mientras su cuerpo caía hacía atrás, golpeándose la cabeza contra la esquina de la cama.
Jacobo se quedó ahí pasmado, mientras observaba el cuerpo de su amante, tumbado en el piso, con las piernas arqueadas y sus manos en los costados, salpicado de sangre y aún con el miembro de fuera. Ahora, en la mente del muchacho, pasaban varias cosas. Aquello había sido en defensa personal. El hombre que yacía en el piso había abusado de él, y Jacobo se había defendido, con lo único que había encontrado, y que casualmente estaba en su chamarra, para protegerse. Porque sabía que ese hombre quería abusar de él. Porque estaba seguro de que le haría daño, aunque en realidad, Jacobo lo había planeado todo así. Provocación, daño, y luego la muerte.
En especial con la muerte, no había más tiempo que perder…

El poder estalló, una furia incontrolable que hizo que mesas, comida, adornos y cuerpos humanos fueran lanzados contra la pared. Algunos murieron al instante, estrellados como bolsas de carne y sangre contra los muros negros de aquella torre, mientras otros, fracturados o inconscientes, caían al suelo, quejándose y gritando de dolor. Aquellos que aún no habían sido alcanzados por el poder de Sinner’s Prayer fueron golpeados por los objetos que salían despedidos a su alrededor. El Rey y su Vigilante personal salieron aprisa, junto a varias personas que se internaban en el pueblo para refugiarse de la furia de su Dios.
-¡Qué diablos estás haciendo!-, exclamó John Wayne, al verse sacudido por la furia de un poder inconmensurable, mientras su corona de tréboles caía al suelo, y su cabello flotaba tras su espalda.
-Ellos no merecen seguir aquí, mientras yo lo permita, John Wayne. Te traje hasta este lugar para que, juntos, les demostremos de lo que somos capaces. Somos dioses entre pulgas, microbios que no saben defenderse.
-¿Pero por qué ellos? No nos hicieron nada, y creyeron en nosotros…
Sinner’s Prayer, a pesar de toda la furia, estaba llorando. Sabía que aquello estaba mal, pero era un mal necesario. Las paredes del lugar empezaron a crujir, y por fuera, las piedras de la torre negra caían encima de la gente, sobre las casas, en las calles de aquel pequeño pueblo.
-Siempre han sido dos los que se sientan en este trono. Uno creador, y el otro destructor. Cuando nacía alguien, yo me apersonaba para ensamblar su cuerpo, darle vida y forma a sus sentimientos y darle el aliento de la existencia misma. Cuando un anciano estaba listo, el otro iba por su aliento, a regresarme lo que yo le había dado hace años. Pero hace tiempo, aquel que se sentaba detrás de mi desapareció, se fue sin más, y mi cabeza enloqueció, vi colores demasiado brillantes, y no pude más. Antes de irse, me indicó lo que debía hacer. “Debes ir al desierto, y ahí me encontrarás de nuevo…”
John Wayne retrocedió, asustado. Un recuerdo cruzó su mente, la memoria estallaba en colores incomprensibles, y sin embargo, ahí estaban: un destello de una vida pasada, el recuerdo del amor de aquel muchacho que había enloquecido.
-Yo… yo recuerdo algo…
Sinner’s Prayer sonrió, mientras la mitad de la torre caía hacía un costado, aplastando a varios niños y destrozando casas que explotaban con un terrible sonido.
-Antes tenías otro cuerpo, antes de encontrarte confundido en el desierto, casi muerto. Ahora, por tu bien, recuerda tu poder. Yo soy la Creatividad, la vida, pero tú eres la Depresión, el poder de la muerte y la destrucción. Ya me cansé de crear, de ver que van a morir, de que todo lo que creamos se quede a la mitad, sin alcanzar la inmortalidad. Ahora es necesario destruir, antes de que todo vuelva a ser nuevo, que todo sea salvo. Y tú, vaquero, tienes que demostrar tu poder…
John Wayne estaba asustado. Sus manos temblaban y, aunque trataba de moverse, su temor lo dejaba ahí, atrapado y atenazado.
-No tengo poder. Y si lo tuviera, no sería para hacer esto. Lo que estás haciendo es una locura, tu mente no está bien… No tengo poder.
Sinner’s Prayer sonrió, enojado, furioso, pero feliz. Sentía algo, como si la piel se le erizara, y sintió algo en su estómago. Esas nauseas, el ansia…
-Muy bien. Voy a ayudarte a sacar tu poder…
El suelo de la torre empezó a moverse, como si fueran ondas sobre el agua, desprendiendo polvo y pedazos de piedra negra. John Wayne perdió el equilibrio, y trataba de levantarse, pero las piedras le hacían daño, y no dejaban que se pusiera de pie.
-¡Déjame en paz, por favor!-, gritó John Wayne, entre gritos de dolor y lágrimas.
-¡Saca tu poder, o morirás! Defiéndete de la vida, de lo doloroso que puede ser el trayecto hasta la muerte. Créeme, vas a sufrir demasiado si no te defiendes ahora. ¡Enfrenta tus miedos, tu ignorancia, y saca tu maldito poder!
Lo que quedaba de la torre se desmoronó por fin, y la otra mitad del pueblo fue aplastada por las piedras. Una enorme roca se dirigía hacía John Wayne, y Sinner’s Prayer sonrió. Si no se apartaba, el muchacho moriría aplastado, y aún así el otro se quedó quieto, con miedo mirando como la enorme piedra negra caía directamente hacía él.
Fue un solo instante, cuando John Wayne ya no sintió su cuerpo, y su mente viajó a una velocidad excepcional. La piedra cayó con un sonido aterrador, destrozando la mitad del trono. Sinner’s Prayer abrió los ojos sorprendido. Su compañero ya no estaba. Había desaparecido, cómo si el mismo espacio se lo hubiese tragado.
-¿Dónde estás? No te escondas. Sal, quiero ver de lo que eres capaz.
Fue cuando el muchacho de la piel de panda sintió el calor de un fuego abrasador a sus espaldas.

(FINAL)

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