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miércoles, 15 de febrero de 2012

Ensayo sobre el Amor.

El amor comprende, en todas sus esencias y sus diferencias de época y cultura, la fuerza universal más poderosa de todas. Inclusive -y sin atender posibles críticas de los defensores de la física clásica y cuántica-, el amor funciona más eficazmente que la gravedad.

El amor puede ser entendido desde muchas perspectivas. Perspectivas biológicas, ideológicas, filosóficas, psicológicas... Somos aquello que queremos ser, y el amor ha sido transformado en cuanto nosotros nos transformábamos. Puede ser un sentimiento más, una forma más de reacción biológica, un pensamiento filosófico que rebasa nuestras ideas, una forma de comprender nuestra propia psique, un elemento curioso de varias religiones.

Lo curioso de aquello que hemos llamado amor, es que estamos irremediablemente atados a él. Las comprensiones literarias acerca del hombre y sus sentimientos se basan principalmente en el amor, y no cabe duda que la vida sin amor parece no girar en ningún sentido. El hombre, y en sí la naturaleza misma necesita de ese toque de dulzura en el transcurso de sus vidas para no perderse en las sombras de su propio pensamiento crítico, de su ciclo vital que, irremediablemente, terminará en la muerte.

El amor es complicado en todos los sentidos. Muchos aseguraban que era la fuerza de cohesión de la materia para formar distintos tipos de entidades. Otros lo consideraban uno de los primeros dioses, junto con el caos, la noche, la tierra y el cielo. El amor tiene la forma de un ángel, un pequeño querubín travieso que revolotea sobre nuestras cabezas con el afán de flecharnos, de ponernos a prueba con la otra persona. El amor es todo lo que queremos, y muchas veces todo lo que no tenemos...

Ya lo demostraban los filósofos griegos clásicos con la idea del sublime "amor platónico", aquel que se quiere con el anhelo perfecto, pero jamás o casi nunca se alcanza. El amor demuestra que es caprichoso, que cumple con ciertas reglas que no muchos aceptarían seguir. El amor adquiere un rostro muy distinto al que estábamos acostumbrados, cuando se convierte en esa meta a perseguir. Suele encajarnos los colmillos hasta el fondo, y es cuando no se puede uno despegar de él. Y aunque se sabe del sufrimiento, no por ello dejamos de ser unos perfectos masoquistas.

Se pretende buscar el amor desde niños, con el apego a la madre que te cría, que te enseña, y que no deja que nada te pase. El amor de madre comienza desde el embarazo, y se siente desde el momento de la concepción. Aunque causa ciertas reacciones que no se pueden dejar de sentir, el amor de la madre hacía su hijo por nacer es un ejemplo magnífico del día más hermoso, un día el cual la Tierra aún no está lista para plasmar en un amanecer. Nace el hijo, la semilla germina, y la madre se prepara para educar y consentir en lo que puede a su hermoso retoño. La madre engendra vida y amor a la vez.

Cuando se empieza a crecer, se alimenta uno de varios amores. El amor a la escuela, al deporte, a la salud, al arte, a Dios, a los padres, a los abuelos, en fin, a muchos aspectos de la vida. Pero incluso el ser humano que ha aprendido a amar cada aspecto de su vida, necesita amarse a sí mismo, conformarse en una forma de cariño hacía su persona que muchos llaman autoestima. El aceptare como sé es, el quererse tal cual se ve, hace al hombre merecedor de los elogios más maravillosos, y no solo los que él mismo se puede inventar, sino de la gente que se da cuenta de la luz que irradia tanta felicidad concebida dentro de uno mismo. Mostramos otro semblante cuando el amor hacía uno mismo se hace presente en cada miembro y cada parte del cuerpo, y no solamente en apariencia, sino en el interior, tanto en los recuerdos, en los sentimientos y en los sueños.

Cuando se piensa que se tiene todo, el amor actúa automáticamente en nuestra mente, haciéndonos sentir irremediablemente solos. Sentimos la necesidad urgente de compartir tanto amor con alguien más, antes de que la autoestima se convierta en orgullo, pedante, pesado y destructivo. Buscamos a la otra mitad de nuestras incompletas y aparentemente solitarias vidas. Y cuando la encontramos, será difícil dejarla ir. Cuando el amor nos instruye hasta el cansancio, y vemos a los ojos a esa persona especial, todo nuestro mundo se desvanece. Stephenie Meyer (autora de la saga de Twilight), asegura que este comportamiento de aprehensión del sentimiento amoroso hacía otro que no podemos controlar se llama imprimación. Aquí entra el mismo aspecto que mencioné antes: El amor parece ser más fuerte que la gravedad, por que todo lo domina con tan solo una mirada. Pierdes el sentido de la orientación, de la propia aceptación del ser. Sufrimos al amar, pero nos dejamos llevar.

Luego, al consolidarse la relación entre dos seres amantes, se da la formación de la familia, el vínculo entre lo sagrado y lo natural. El hecho de la reproducción empieza en el placer, la forma material del amor. Ni siquiera el regalo que se da el día del amor compensa la materialidad de tal sentimiento. El placer llega a través de la piel, se interna en el cuero cabelludo, se transpira, se huele, se prueba, y sobre todo -aunque se escuche muy literal-, hasta se eyacula. Vienen más semillas, más hijos, y se forma una cadena, una de las fuertes, más que el acero mismo, que une a los individuos en el grupo más nuclear y central de toda la sociedad. Incluso los animales viven en manadas, en parvadas, o en cardúmenes, y así demuestran que lo importante es la transmisión de ese amor a través del vínculo familiar.

Pero, inclusive, el amor no se termina. El tiempo se rinde incesantemente al amor. La muerte es el ejemplo ideal de esa duración infinita. Mueren los padres, los hermanos, las esposas y esposos, inclusive -y más doloroso-, mueren los hijos. Prematuramente o a su tiempo determinado, la muerte es algo que no se detiene, y llega sin avisar. Así pues, el amor, como fuerza que unifica, no podía ser relegada a desaparecer. Continúa incluso más allá de la muerte misma, inclusive cuando ésta ha acabado su fatídico trabajo, el amor hacía quien se fue trasciende las barreras, y el tiempo se detiene inclusive para dedicarle toda una vida al recuerdo de los aspectos más maravillosos. Es el amor el ser más perfecto e inmortal, más allá del mismísimo Dios...

Cierto es, en conclusión, que el amor designa ante nosotros el más profundo deseo del hombre por conocerse y por ponerse los límites más significativos de su vida. El amor es un ser pasional, intuitivo, doloroso, natural, e infinito. No abarca más allá de lo que se ve, y lo que se ve resulta infinito e interminable, por eso el amor llega más hondo de donde podemos imaginar. Tiene tantos nombres, tantas connotaciones, tantas formas de ser representado. Y a pesar de todo, a pesar del esfuerzo de buscarlo, de la tristeza de haberlo perdido, o de la curiosidad de sentirlo aunque sea una vez en la vida, todo el amor, todo él, es absolutamente el verdadero...


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