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lunes, 14 de enero de 2013

El Último Sacrificio: La Isla de las Muñecas.


ACERCA DE MI FORMA DE ESCRIBIR.
Parecería que escribo cómo puedo, o que no tengo una forma de redactar muy educada que digamos. Es por que escribo cómo hablo, y por que imagino las cosas sin verlas. El intento de describir la casa de Azahena Gomezcaña en el futuro fue obviamente un ensayo, y por eso me decidí a describir, en la segunda parte, un lugar que existía, cómo el Museo de Antropología.
Pero ahí también cometí errores, sobre dónde estaban las cosas, sobre las salas y los objetos contenidos en ellas. Pero de ahí viene mi forma de escribir: La inspiración le trae al hombre lugares y situaciones inimaginables, y a mí, en este caso, me trajo un lugar que ya existía, pero desde mi propia perspectiva. Destruí algo real, y lo convertí en algo mejor, un mundo que ustedes, mis lectores queridos, se merecen.
¿Qué si un día seré un escritor de excelencia? ¿Si aprenderé a redactar cómo dicta la norma? ¿Si usaré las reglas del español y los modestos reglamentos de un escritor que merezca un Nobel? Lo dudo mucho. Yo escribo cómo soy, libre, sin represiones ni restricciones. Acepto las críticas cómo hijas no reconocidas de noches de placer en mi juventud, pero si he de ser su padre, lo haré a mi manera, y haré feliz a estas hijas mías.





SOBRE LA GENTE.
Trataré de ser breve con los agradecimientos, pero dudo poder hacerlo.
Primero, a mi familia, desde mi abuela Cruz González, mi madre Adela (la verdadera dueña de mi vida, la única que puede matarme), mi chamaco Diego, carnalito de la vida. Todos mis tíos y tías, que son padres y madres también. Mis primos Alexis, Katya, Jhosimar, Carlos, Karina, Karen, las tres Karlas (Itzel, Nayeli y Marly), Abigail, y mis sobrinos primos Alexis, Paola y Ximena, quienes me enseñan a respetar siempre el valor de la familia, y el fruto de todos los años juntos jugando y conviviendo, de ahí vinieron muchas historias.
Dentro de mi familia cabe mencionar que están también Candy (una hermosa perrita que alivia mis dolores emocionales sin decir nada), Nena (la pajarita finche que chilla y alegra el día) y el pez Blue (un betta con cara de enojado, que suele hacerme enfadar), además de unas plantas carnívoras que me enseñan que lo fiero no siempre se ve tan mal, sino bello y delicado.
Agradezco a María Luisa Saldivar González y a Luis Saldivar Velázquez, por haberme donado sin querer el nombre, por dejarme ver que no todos los que nos llamamos así en la familia tenemos que morir sin haber hecho nunca nada bueno. Mientras vivieron jamás hicieron triste la vida, y mientras los recuerde, mi existencia será un regalo de ustedes, mi tía y mi abuelo favoritos.
En un apartado más especial, quiero agradecerle, aunque nunca lo entienda, aunque nunca recuerde lo que le digo, ni siquiera importa si aprende a leer y entender lo que pongo aquí, a mi niña especial, la que me enseñó a ver la vida con otros ojos, con otra mente, con la imaginación y la pureza, pero también con un trastorno que la hace más especial cada día. Esto, lo que soy ahora, y lo que siento y veo, se lo debo a Karol, mi niña hermosa, que más que mi prima, es cómo la hija que jamás tendré, pero a quien amo con toda mi alma. Te debo un pastel, helado y un kilo de arroz para ti solita, mi princesita.
Luego vienen mis amigos, tan distintos uno de otro, tan agradables cada quien. Fabiola con su belleza interior, a Isabel, que siempre me lee aunque no sea necesario. A Flor, con toda su comprensión y tolerancia, la bella flor de Perú. A Edith, con todo y su sarcasmo y su genio, es la que me hace reír más. Azahena y su enorme carácter, una mujer tan fuerte y llena de vida. Susana Carrillo, muchacha fuerte, sensible y muy divertida, que aunque me regaña, aprendo de ella cada día. Vianney, una chica inteligente, tan bella cómo para hacer que cualquiera se enamore, y que será muy feliz. Ángeles, con su risa, su plática y su forma de ver la vida. Trilce, Glendalis, tantas más que son inspiración y consuelo de mis aturdidas emociones.
También los chicos cuentan. Daniel, el pintor, el que no se deja cuando de hacerme críticas se trata. Alejando Cienfuegos y su manera corrosiva de vivir, su locura y su buena onda. César, el inteligente, perspicaz, mi sensei en ciertas cosas, un lector desde la preparatoria. Carlos, el muchacho sensible y cariñoso con sus amigos, un buen ejemplo para muchos. Ricardo el intelectual, irreverente, cómico a morir. Salvador el médico, el hombre de música y García Márquez, consejero y buen esposo (esto para Yoselin).
Amigos de la preparatoria cómo Rosa, Liliana, Jessica, David, Daniel, Irma, Toño, Benjamín. Los nuevos amigos universitarios, alumnos cómo Hayde, Diana, Rubén, Paco, y hasta los profesores, cómo mi tocayo Luis (quien me introdujo en un pensamiento más liberal) y Alberto (con quien aprendí a amar más a Nietzsche), quienes hacen de la vida una experiencia muy valiosa. Y los chicos de Radio Izcallibur, Nancy, Daniel, Pablo, todos con sueños, cómo yo, y que no nos dejaremos rendir. A los de Izcalli, Nestor, Jessy, Fabiola, la Güera, Yonatan, Idania, Joaquín, Janet, Roque. Sin sus fiestas, sin todas esas pláticas nocturnas de antaño, me hubiera sentido miserablemente solo en este municipio tan lindo.
Y no olvido a la gente de Facebook, en “Me Gusta Leer, ¿y Qué?”, “Memexicanitos”, “Todo Cine y TV”, “Los Juegos del Hambre”, “Escritores Ateos”, “Ateísmo Brillante” con antiher0e al mando, “La Puta Realidad” y “Unión Mexicana Atea”, por concederme un espacio extra para poder explayarme. En Twitter también hay lectores frecuentes, cómo Carlos Lieber (@LieberCarlos), Olivia Elizondo (@liquid_sarcasm), Francisco Ocampo (@SACERDOTE777), Edgar Globers (@EdgarGlobers), Verónica (@Veronica_Roses), Viviana (@lagartijonel), e incluso personalidades de la televisión, cómo Raquel Garza (@raquelgarzac) o el mismísimo Bruno Bichir (@BrunoBichir), con quienes siempre puedo contar con sus RT, sus FAV o cualquier palabra de aliento, y mi admiración a todos ellos.
Pero más allá del mundo de amigos que tengo, de los que mencioné y me faltaron, de los que viven y de los que ya no están con nosotros, hay uno que ha roto esquemas en mi vida. Una sola persona a la que nunca le podré pagar todo el tiempo, el dinero y el esfuerzo. Un hombre (por que eso es, un gran hombre), que a pesar de las circunstancias, de las perdidas materiales y familiares, de lo escaso y de lo mortificante, está ahí, que siempre tiene unas palabras para levantarme y una buena patada en el trasero para activarme. Es repartidor, buen conductor de moto, lector apasionado (más que yo, aclaro), médico, cuidador de animales, terapeuta, buen conversador, hermano, primo, hijo, tío, cuñado, y sobre todo eso, un gran amigo. No por nada es el personaje principal de esta trilogía, un gran detective, valiente e inteligente.
Ese es Javier Carrillo Arreola, y me consta que es el mejor ser humano en esta y en la siguiente vida. Te quiero y te aprecio, condenado chilango de acento jalisciense, mi hermano de otra sangre.

Todo esto, lo que fue, es y será plasmado en tinta y papel, se lo agradezco a ustedes, la mayoría, y en poco porcentaje a mi sucia y vacía cabeza. Y aunque nunca lo lea, este va también para ti, Lady Gaga…
Los quiero mucho, mi gente.











“Los que más han amado al hombre le han hecho siempre el máximo daño. Han exigido de él lo imposible, como todos los amantes.”
Friedrich Nietzsche.


“Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte que no nos mata a nosotros sino a los que amamos.”
Carlos Fuentes.

“Me opongo a la violencia, porque cuando parece causar el bien éste sólo es temporal, el mal que causa es permanente.”
Mahatma Gandhi.









La Isla de las Muñecas.

La chalupa, llena de flores de cempasúchil y algodoncillo púrpura, surcaba el agua del canal principal, haciendo que las ondas chocaran contra la orilla terrosa. El hombre de pie, con un largo remo de madera, empujaba el fondo para ir avanzando. Y en medio de las flores, con su cabello suelto y su ropa más cómoda posible, estaba sentada una mujer, que se acomodaba los lentes de vez en cuando. Leía un pequeño libro, una edición del Diccionario del Náhuatl en el español de México, de Carlos Montemayor.
Abstraída en la lectura de algunos términos locales, no se dio cuenta que la miraban. El hombre de la chalupa se quedó mirando, sin dejar tampoco de observar el canal. El aroma de las flores subía con el sol, y con la humedad de alrededor.
-Usted no es de por aquí, ¿verdad señorita?-, dijo el remero.
Flor levantó la mirada, y a pesar de las circunstancias, compuso una sonrisa pícara en su rostro.
-No, señor. Vengo de Perú, del Distrito San Juan de Lurigancho, en Lima. Mi acento ha cambiado un poco con los años, pero ni hablar, sigo pareciendo una extranjera. ¿Por qué lo dice?-, dijo la muchacha, riendo con esos ojos que se encojen con cada carcajada. El hombre también rió, pero se contuvo.
-Lo digo por eso, el acento y su forma de hablar, además no parece muy mexicana. Y también veo que le cuesta trabajo leer ese libro. El náhuatl es difícil…
-Un poco, solamente un poco. Me gusta una palabra en particular. “Xóchitl”, que significa Flor, cómo mi nombre.
-Está aprendiendo bien, muchacha. Xochimilco quiere decir “Lugar de los Sembradíos de Flores”, aunque más bien son chinampas…
El hombre le iba explicando, en cada movimiento del remo, el hermoso paisaje. Xochimilco había sido, en época de los aztecas, una pequeña parte de todo el enorme lago de México, el Ombligo de la Luna. Siempre había estado marcada por una serie de canales de agua, dónde había animales y vegetación endémica del lugar. Pero esos canales se habían delimitado gracias a las chinampas, verdaderos campos de cultivo flotantes, dónde además de flores, se plantaba maíz y amaranto, entre otros cultivos importantes.
-Si no es indiscreción, señorita, ¿a qué vino a Xochimilco sin subirse a una trajinera? Son hermosas, y hay música…
Las trajineras eran embarcaciones hasta para 20 personas, adornadas con flores y con música de mariachi a bordo, dónde la gente navegaba y comía, para distraerse. El aroma del copal de día de muertos, quemado en brasero, llegó a impregnarse en el cabello de Flor. Más allá, en una chinampa cercana, un grupo de mujeres hacía su ofrenda, con flores y veladoras. El ambiente era de fiesta, y a Flor le intrigaba.
-Quería ser más discreta. Busco algo especial, y no quisiera arruinarle la sorpresa a alguien, usted sabe, cosas de enamorados. De todas maneras, no había nadie que me quisiera llevar ahí. ¿Son ciertas las leyendas?
El hombre se limitó a mirar hacía adelante, mientras trataba de explicar las cosas más sencillamente.
-Se habla de que, en la Isla de las Muñecas, hay una especie de maldad rondando, que ese lugar fue levantado desde las aguas por el diablo, y que las muñecas tienen vida propia, haciendo fiestas de noche. También hablan de una sirena que ahoga a los hombres que se atreven a conquistarla, y por supuesto, de la Llorona
Flor conocía esta última leyenda, acerca de una mujer azteca que ahogó a sus hijos y luego encontró la muerte en manos de los pobladores de Xochimilco. Se aparece como un espíritu siniestro, que ronda las calles de Xochimilco y de México, gritando con un llanto de desesperación: “¡Ay mis hijos! ¡Dónde estarán mis hijitos!”
Ese recuerdo hizo que Flor Chávez se estremeciera.
-Da mucho que pensar, señorita, pero no se preocupe. La gente siempre dice que en día de muertos es peor, pero todavía es temprano, estará segura conmigo, se lo aseguro. Creo en Dios, en Su palabra, y en Su poder. Tal vez no haya de qué preocuparse, además, la Isla de las Muñecas tiene una casa, y casi nadie va ahí, a veces ni siquiera el dueño se aparece. Ya estamos llegando…
El hombre señaló con la cabeza el lugar, y Flor tuvo que acomodarse bien en la chalupa para mirar y no caerse.
Era una isla natural entre chinampas artificiales, con un puente de madera arqueado y una cabaña en el centro. Había un muelle para las chalupas que llegaban, y en todas partes, en las paredes de la choza, en el puente y hasta en los árboles, cientos y quizá miles de muñecas viejas, sin cabeza, sin brazos o piernas, o incluso sin cuerpo, atadas con cordones, alambres y otros artefactos, lo cual hacía ver al lugar escalofriante, a pesar de que era de día.
-Se ve un poco tenebrosa, creo-, dijo Flor, tratando de ocultar un poco el miedo que sentía.
-Y eso que apenas está claro. Cuando pasamos de noche, se ve peor. Pero al menos puede estar segura. Mientras no se haga de noche, no vendrán por usted…
Flor se quedó quieta, con el libro cerrado fuertemente apretado en las manos. La pequeña embarcación se había detenido a un lado del muelle, desde dónde se veía más imponente la casa, el árbol y las muñecas deformes.
Flor se incorporó, y el hombre la ayudó a bajar. Ella tembló un poco al apoyar ambos pies en el muelle, pero se sintió mas tranquila ahí que en la chalupa.
-Usted me dijo que venía a buscar a unas personas. Las hemos visto rondando por aquí, llevando y trayendo cosas. Nunca habíamos visto tanta gente aquí, y parece que no todos son mexicanos.
Flor reaccionó ante las palabras del hombre. Enfocó su mirada y parecía querer buscar algo en la mirada de aquel personaje.
-¿Y sabe quienes son?
La chalupa ya estaba alejándose por la orilla de la isla. El hombre alcanzó a despedirse con la mano y gritó:
-¡No lo sé! ¡Pero no me fiaría de nadie, si fuera usted…!
Flor se quedó de pie, mirando a aquel hombre y su barcaza desaparecer de nuevo al otro lado de la orilla. Una nube opacó el poco sol que brillaba sobre el lugar, y decidió caminar.
El suelo era muy firme, pero aún así se sentía extraño, cómo si las manos mutiladas de aquellas muñecas jalaran la tierra cómo si fuera una cobija.
A pesar del silencio tan aterrador, Flor alcanzó a escuchar pájaros escondidos entre las ramas del árbol, pequeños animales que se arrastraban bajo los arbustos, y algo más que rascaba la puerta de la choza.
Flor se acercó cautelosa a la casa, dónde el crujido de la madera era constante. Había dentro algo, una criatura que deseaba salir, algo que no podía, y que daba miedo. Ella se acercó, para empujar la madera, y aunque la puerta cedió un poco, nada salió de la penumbra.
Un mapache corrió, haciendo un ruido infernal con sus garras, y Flor casi se cae de espaldas por el susto, pero el animal no la vio siquiera. El grito de la chica retumbó dentro de la cabaña, pero al parecer nadie la había escuchado. Volteó repentinamente, y el mapache estaba cerca de la orilla de la isla, lavando sus manos negras.
-Tenía ganas de salir, pero no quería dejarlo. Tenía que conocerla primero, no hubiera sido tan educado después de todo…
La voz de aquel hombre salía desde la cabaña. Flor desvió de nuevo la mirada hacía la puerta, y se encontró con aquel personaje. Estatura media, hombros y pecho anchos, las manos jugueteaban con una correa, tal vez con la misma que sujetaba al mapache antes. Su mirada era penetrante, su rostro rodeado de una barba rala, y su cabeza rapada, pero no totalmente, le daban un aspecto rudo, pero más sereno del que nunca se podría imaginar.
-Yo lo conozco…-, dijo Flor, levantándose con cuidado, alejada de aquel hombre. Él le sonrió, y espero.
-Lo sé. Su jefe le ha hablado de mí, obviamente. Al menos aún no está enterado por completo de lo que hacemos. Y por supuesto no lo estará. Me llamo Vikt…
-Viktor “El Sicario” Kunnel, lo conozco, ya le había dicho.
Viktor asintió cuando su nombre fue evidenciado. Al parecer la señorita tenía mucha más información de él que él de ella, pero al final, ninguna formalidad sería necesaria.
-Quisiera preguntarle, Fräulein, ¿a qué ha venido aquí? Considerando el peligro que yo mismo soy, ¿no pensó en que podría encontrarme? ¿Qué vino a buscar?
El acento de Viktor era muy remarcado, y Flor pensó que podía ser extranjero, europeo más bien. A pesar de ello, tenía el cabello a rapa total, con barba negra y rala, y ojos café oscuro. Nada que ver con un europeo.
-Hay gente de la delegación que dicen cosas acerca de esta isla. Gente que entra y sale, pero que no han visto al dueño. ¿Qué es lo que están haciendo aquí? Traen y llevan cosas, personal, se quedan toda la noche y no hay nadie quién se atreva a decirles nada…
Viktor se acercó unos pasos más a la muchacha, que ya empezaba a temblar un poco, pero la valentía no la abandonaba. Él sonrió, muy confiado, con una mueca divertida.
-Si le dijera que estamos cambiando al mundo, ¿me creería?
Flor no dijo nada, se quedó escuchando, con rostro estupefacto.
-Le diré una cosa, señorita. Mis asuntos son secretos, cómo todos los asuntos de la gente libre. He estado tratando de hacer esto por años, y las cosas jamás se han salido de control. Hemos estado buscando todo lo necesario para proceder con cautela, encontrando aquellas cosas que nos interesan. He investigado mucho, y resulta que aparecen tres personas en mi lista de “obstáculos innecesarios”…
-¿Qué tipo de investigaciones?-, preguntó Flor. El mapache seguía buscando cosas en la orilla del canal, haciendo un ruidito extraño con la nariz al olfatear la tierra.
-Tengo mis motivos, Fräulein. En primera la encontré a usted, Flor Chávez, agente investigadora, que siempre se encuentra en el momento indicado cuando se trata de mis asuntos. Después, un muchacho, Luis Zaldivar, un tanto tonto para lo que hace, pero muy perceptivo. Y por último, a la persona que he venido buscando desde hace años: Javier Carrillo… Lo conoce, ¿verdad?
Ahora la sonrisa de Viktor era de satisfacción, de haber dado con el clavo justo. Flor se dio cuenta: Él sabía demasiado de todo.
-Lo conozco, pero no podría…
Sintió la mano derecha de Viktor sobre su cuello, y aunque ella seguía de pie, no podía moverse, ni siquiera respirar normalmente.
-Mein lieber blume… Eres una mujer muy constante, decidida, activa, y por supuesto estúpidamente valiente. Conozco todos los movimientos que tu jefe te ha mandado hacer, y dejaremos de visitar esta isla durante un buen tiempo. Ahora tengo que moverme, preparar todo, por que en un mes, las cosas no salen cómo lo esperas.
Flor alcanzó a verlo de reojo, y pudo hablar a pesar de la asfixia.
-¿Qué dice…?
-Ya me escuchó, Fräulein. Si no puedo cambiar al mundo, voy a cambiar a este país, de una forma tal cómo no se ha visto en 500 años… Por cierto, le presento a una amiga.
Viktor señaló con la mano izquierda hacía un recodo detrás de la cabaña. Arrastrando un hermoso vestido blanco, con un velo que le cubría el rostro, venía una mujer, dando pasos lentos. En sus manos, cubiertas por guantes de seda fina, llevaba una especie de jeringa. Flor se alarmó, pero aunque quiso patalear, no podía soltarse de aquella vigorosa mano.
El espectro blanco cruzó el camino de tierra, y cuando estuvo frente a la muchacha, le inyectó en el cuello la solución, que hizo que Flor se quedara inconsciente.
Viktor la depositó suavemente en el suelo, mientras el espectro blanco aguardaba las instrucciones.
-Ya puedes llevártela, Heulsuse. Manda el mensaje cómo te lo indiqué. Va a ser una jornada muy pesada…
El espectro asintió, y tomando a Flor de las piernas, la arrastró por el mismo rumbo dónde había salido. Viktor se quedó contemplando las aguas del canal, con mirada ausente.
-Waschbär, lasst uns gehen…
El mapache dejó de lavarse las manos después de haberse comido un escarabajo, y regresó a los brazos de su dueño…

Una hora después, y ya casi con el crepúsculo encima, Luis Zaldivar se despertó de una horrenda pesadilla.


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